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La vacunación es una decisión individual con consecuencias colectivas

hace 1 día
3 min de lectura

Por Taisha Meléndez Larroy, MPH 

VOCESPR

Cada temporada, la influenza vuelve a demostrar que continúa siendo una de las enfermedades respiratorias prevenibles con mayor impacto sobre la salud pública.  


Lejos de ser un simple episodio de fiebre y malestar general, la evidencia científica demuestra que puede provocar neumonía, hospitalización, descompensar enfermedades crónicas e incluso desencadenar eventos cardiovasculares agudos, como un infarto al miocardio o un accidente cerebrovascular, especialmente en personas con factores de riesgo. Sin embargo, esa información sigue siendo poco conocida por la población y contribuye a una baja percepción del riesgo. 


La temporada de influenza 2025-2026 fue un recordatorio de esa realidad. En Puerto Rico se administraron 464,197 vacunas contra influenza, mientras se reportaron 68,145 casos, 4,398 hospitalizaciones y 188 muertes asociadas a la enfermedad.  La cantidad de dosis administradas equivale aproximadamente al 14 % de la población de Puerto Rico. Aunque esta comparación no representa una estimación oficial de cobertura de vacunación, permite dimensionar el reto que aún enfrenta el país para ampliar la protección de su población.  

No podemos afirmar que la baja vacunación explique por sí sola la magnitud de la epidemia. La transmisión de la influenza depende de múltiples factores. Sin embargo, décadas de investigación epidemiológica sí han demostrado que la vacunación anual reduce el riesgo de enfermedad grave, hospitalización y muerte, además de disminuir la circulación del virus en la comunidad. 


Este último aspecto merece mayor atención. Cuando hablamos de vacunación contra la influenza solemos pensar únicamente en la protección individual, pero pocas veces discutimos su dimensión comunitaria. La vacunación también reduce las oportunidades de que el virus circule hasta afectar a quienes tienen mayor probabilidad de sufrir complicaciones graves.  


En esa cadena de transmisión, los niños desempeñan un papel particularmente importante. La evidencia demuestra que los escolares presentan altas tasas de infección, eliminan el virus durante más tiempo que los adultos y mantienen un número elevado de contactos diarios en escuelas, hogares y actividades recreativas. Como consecuencia, actúan con frecuencia como amplificadores de la transmisión hacia padres, abuelos y otros familiares, muchos de ellos pertenecientes a los grupos más vulnerables. 


Por ello, la vacunación no puede entenderse únicamente como una decisión personal. También es una intervención de salud pública que contribuye a fortalecer la inmunidad a quienes, por su edad o condición médica, tienen mayor probabilidad de desarrollar complicaciones graves. 

 

Este mensaje no busca adjudicar responsabilidades ni generar temor. Busca recordar que las decisiones relacionadas con la vacunación también tienen un impacto colectivo. Cuando miles de personas reducen su riesgo de infección, disminuye también la posibilidad de transmisión dentro de la comunidad. 


La epidemia de 2026 también evidenció otra realidad. Puerto Rico cuenta con un sistema de vigilancia epidemiológica capaz de detectar oportunamente el aumento de casos y movilizar una respuesta coordinada. La respuesta incluyó el fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica, la ampliación de la capacidad diagnóstica de los laboratorios, el monitoreo continuo de la ocupación hospitalaria, campañas educativas, jornadas comunitarias de vacunación y la capacitación de profesionales de la salud. La capacidad de responder constituye una fortaleza del sistema de salud. Sin embargo, cada epidemia representa una carga considerable sobre hospitales, profesionales de la salud, laboratorios y servicios de emergencia. Esa presión no siempre puede evitarse, pero sí puede amortiguarse mediante intervenciones preventivas que reduzcan el número de personas susceptibles y, con ello, la probabilidad de enfermedad grave. 


La influenza seguirá presente cada temporada. La diferencia estará en cómo decidamos enfrentarla. Podemos esperar a que aumenten las hospitalizaciones y las muertes para reaccionar, o fortalecer una cultura de prevención donde vacunarse deje de verse como una decisión aislada y se reconozca como una acción solidaria que protege a las personas más vulnerables. La mejor respuesta frente a la influenza siempre será anticiparnos a ella.  

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